sábado, 5 de octubre de 2019

Cuento 5: El zar y la camisa



CUENTO 5


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El zar y la camisa

Érase una vez un zar que estaba muy enfermo. Un día anunció a sus súbditos:

–¡Daré la mitad de mi reino a quien me cure!

Entonces todos los sabios se reunieron para tratar de curarlo, pero ninguno supo cómo hacerlo. Uno de ellos, el más anciano, les dijo que tenía la solución:

–Si encuentran un hombre feliz sobre la Tierra y le ponen su camisa al zar, este recuperará su salud.

El zar ordenó a sus emisarios buscar por todo el mundo a un hombre feliz. Ellos recorrieron todos los países, pero no hallaron lo que buscaban. No había ni un solo hombre que estuviera contento con su vida. Uno era rico, pero enfermo; otro estaba sano, pero era pobre. Y el que era rico y sano, se quejaba de su mujer o de sus hijos. Todos deseaban algo más y no eran felices.

Un día, el hijo del zar pasó por delante de una humilde choza y oyó que en su interior alguien exclamaba:

–Gracias a la vida que he trabajado, he comido bien y ahora puedo acostarme a dormir. Soy feliz, ¿qué más puedo desear?

El hijo del zar se llenó de alegría; inmediatamente ordenó que le trajeran la camisa de aquel hombre para llevársela a su padre. No importaba el dinero que el hombre pidiera por ella.

Los emisarios entraron a toda prisa en la choza del hombre feliz para quitarle la camisa, pero el hombre feliz era tan pobre que ni siquiera una camisa tenía.

Cuento escrito por León Tolstói

Cuento 3: La princesa y la sal


CUENTO 3


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La princesa y la sal

Érase una vez un rey orgulloso que vivía con sus tres hermosas hijas. Un día les preguntó cuánto lo amaban. La hija mayor respondió:

—Te amo más que al oro y la plata.

La segunda hija respondió:

—Te amo más que a los diamantes, rubíes y perlas.

La hija menor respondió:

—Te amo más que a la sal.

El rey se enojó con su hija menor por comparar su amor con una especia común, y la desterró de su reino.

Una anciana cocinera de la corte, lo había escuchado todo y acogió a la princesa, enseñándole a cocinar y cuidar de su humilde cabaña. La joven era una buena trabajadora y nunca se quejó. Aun así, cada vez que pensaba en su padre, le dolía el corazón por haber malinterpretado su amor.

Muchos años después, el rey convocó a los más nobles y ricos a un banquete en celebración de su cumpleaños. Cuando la hija menor del rey se enteró de la noticia, le pidió a la anciana cocinera que le permitiera cocinar para el rey y los invitados.

El día de la majestuosa fiesta, se sirvió un exquisito plato tras el otro hasta que no quedó espacio en la mesa. Todo estaba preparado a la perfección, y todos los asistentes elogiaron a la cocinera. El rey esperaba ansioso su plato favorito, el cual lucía delicioso, pero al probarlo se llenó de ira:

—Este plato no tiene sal — dijo—, tráiganme a la cocinera.

Entonces la hija menor se presentó ante su padre que sin reconocerla le preguntó:

—¿Cómo puedes olvidar ponerle sal a mi platillo favorito?

La joven princesa le respondió serenamente:

—Un día desterraste a tu hija menor por comparar el amor con la sal. Sin embargo, tu cariño le daba sabor a su vida, así como la sal le da sabor a tu plato. Al escuchar estas palabras, el rey reconoció a su hija.

Avergonzado, le suplicó que lo perdonara y aceptara regresar al palacio. Nunca más volvió a dudar del amor de su hija.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Versión de Paola Artmann

Cuento 4: Anansi y Tortuga



CUENTO 4


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Anansi y Tortuga

Un día, la araña Anansi recogió unos ñames de su huerto. Sin espera, los horneó con cuidado y deleitado se sentó a comer. Justo en ese momento, escuchó que llamaban a la puerta.

—¿Quién podrá ser? —se preguntó muy irritado—. Al abrir la puerta descubrió que era su amigo Tortuga.

Tortuga, muy hambriento y cansado le preguntó si podía acompañarlo a comer. Anansi era muy egoísta y no quería compartir sus ñames, pero según las leyes de la jungla, no podía negarse a dejar entrar un amigo a su casa. Sin más remedio, Anasi invitó a Tortuga a pasar.

—Algo se me ocurrirá para evitar que mis dulces ñames terminen en el plato de Tortuga —pensó la araña.

Tortuga entró y se sentó a la mesa, cuando alcanzaba la cacerola con los ñames, Anansi pegó un grito:

—¡Detente Tortuga!, tus manos están muy sucias. Qué malos modales tienes, ve y lávate las manos al río.

Efectivamente, las manos de Tortuga estaban sucias porque había estado arrastrándose por el camino todo el día. Avergonzado, fue al río lo más rápido que pudo, y allí se lavó las manos. Cuando regresó, Anansi había comenzado a comer.

— Yo no quería que los ñames se enfriaran, por eso comencé sin ti —dijo Anansi—. Come, mi querido amigo.

Tortuga se sentó de nuevo, no había alcanzado la cacerola cuando escuchó un grito:

—¡Detente Tortuga!, ¿acaso no me escuchaste antes?, tus manos están muy sucias. Qué malos modales tienes, ve y lávate las manos al río.

Resulta que las manos de Tortuga se habían vuelto a ensuciar, pues se había arrastrado sobre ellas por el camino de regreso. Así que, una vez más se fue al río. Cuando terminó de lavarse, se arrastró sobre la hierba para no ensuciarse más. En su ausencia, Anansi se comió todas los ñames.

Al regresar, Tortuga notó la cacerola vacía. Desconcertado, miró a Anansi y le dijo:

— Gracias amigo por haberme dejado pasar, te invito mañana a mi casa para devolverte el favor.

Al día siguiente, Anansi se encontró con Tortuga en las orillas del río.

—Ven amigo, ya está lista la cena —dijo Tortuga mientras nadaba hasta el fondo del agua.

Pero Anansi no podía nadar como Tortuga, su cuerpo era muy ligero y siempre terminaba flotando. Entonces tuvo una idea: recogió muchas piedras de la orilla y las metió en los bolsillos de su elegante abrigo. Luego, se sumergió en el agua logrando nadar hasta el fondo del río.

No demoró mucho en llegar a casa de su amigo. Tortuga, siendo un estupendo cocinero, había cubierto la mesa con los más exquisitos platos.

Anansi se sentó a la mesa y cuando alcanzaba uno de los finos platos, Tortuga exclamó:

—¡Detente Anansi!, traes puesto tu abrigo. Qué malos modales tienes, ve al perchero y cuelga tu abrigo.

Anansi se quitó el abrigo lleno de piedras y en un abrir y cerrar de ojos, salió propulsado hasta la superficie del agua. Con su estómago vacío, podía ver a Tortuga deleitarse con su deliciosa comida.

Fue así como Anansi, la araña, prometió no volverse a valer de sus artimañas.

Versión de Paola Artmann


Cuento 2: El árbol que no tenia hojas

Cuento Número 2


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EL ÁRBOL QUE NO TENIA HOJAS


Era un árbol tan feo, tan feo, que no tenía hojas. Estaba solo en el campo y nunca había visto otro árbol.

Por eso no sabía que los árboles tienen hojas. Y tampoco sabia que él era tan feo.

Pero un día oyó decir a unos niños:

-¡Vaya porquería de árbol!

-No sirve para nada.

-Ni siquiera tiene hojas.

Entonces se puso triste porque se enteró de que era feo.

Y le dijo al Sol:

-Tú que eres tan poderoso, ¿puedes darme hojas?

El Sol le contestó:

-Yo no puedo dar hojas a las árboles. Vete tú a buscarlas.

Y el arbolito dijo:

-No puedo. Mis pies están clavados en el suelo.

Otro día dijo al Viento Gris:

-Tú que eres tan poderoso, ¡dame algunas hojas!

Y el Viento Gris le contestó:

-Yo sé quitar las hojas de los árboles, pero no sé cómo se ponen. No puedo ayudarte.

Pasó la Lluvia y el árbol le dijo:

-Señora Lluvia, mis pies están clavados en el suelo. ¿Puedes traerme algunas hojas para adornar mis ramas?

Y la Lluvia le contestó:

-Yo no puedo darte hojas. Yo sólo sé llorar. Voy a llorar por ti.

La Lluvia se alejó, llorando.

-¡Ay, Señor, qué desgracia! ¡Un arbolito que no tiene hojas!

El pobre arbolito sin hojas se quedó aún más triste. Y decía:

-He acudido a los más poderosos y no me han ayudado. ¡Ya nadie podrá ayudarme!

Pero un buen día dijeron los niños:

-¡Vamos a adornar este árbol!

Trajeron papel de colores: rojo, verde, azul, amarillo... Y lo cortaron en pedacitos y lo fueron pegando en el arbolito. Y al cabo de un rato el arbolito quedó lleno de hojas. Hojas azules y rojas, hojas amarillas y verdes.

Y pasó el Sol y se quedó un rato largo mirando, porque nunca había visto un árbol tan hermoso.

Pasó el Viento Gris y se paró en seco:

-¡Vaya con el arbolito! ¡Qué hojas tan bonitas ha encontrado!

Y el Viento Gris dio una vuelta para no arrancarle ninguna.

Pasó la Lluvia, y al ver aquellas hojas rojas, azules, amarillas y verdes, se le cortaron las lágrimas y dijo:

-¡ Qué pena! iYa no podré llorar más por este arbolito!

Y la señora Lluvia se marchó con sus lágrimas a otra parte.

Luego vinieron los niños y bailaron en torno al arbolito, que ya estaba muy contento con sus preciosas hojas.






lunes, 30 de septiembre de 2019

Cuentos Clásicos Infantiles

Cuentos Clásicos

Para comenzar a fomentar la lectura en los niños es aconsejable iniciar ese proceso a través de cuentos que llamen la atención del niño que lo lee o escucha, de esa manera el infante ingresa a un mundo de amor por la lectura.


Cuento Número 1

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LOS SIETE CABRILLITOS Y EL LOBO
Era una cabra que tenia siete cabritos.Un día llamo a sus hijos y les dijo:

- Voy al bosque a buscar comida para vosotros. No abráis la puerta a nadie. Tened cuidado con el lobo; tiene la voz ronca y las patas negras. Es malo y querrá engañaros.

Los cabritos prometieron no abrir a nadie y la cabra salió.

Al poco rato llamaron:

¡Tan! ¡Tan! Abrid, hijos míos, que soy vuestra madre.

- No, no queremos abrirte. Tienes la voz muy ronca. Tú no eres nuestra madre, eres el lobo.

El lobo se marchó enfadado,pero no dijo nada. Fue a un corral y se comió una docena de huevos crudos para que se le afinara la voz.

Volvió a casa de los cabritos y llamó.

¡Tan! ¡Tan! Abrid, hijos míos, que soy vuestra madre - dijo con una voz muy fina.

- Enséñanos la pata.

El lobo levanto la pata y los cabritos al verla dijeron:

- No, no queremos abrirte. Tienes la pata negra. Nuestra madre la tiene blanca. Eres el lobo.

El lobo se marcho furioso, pero tampoco dijo nada, fue al molino metió la pata en un saco de harina y volvió a casa de los cabritos.

¡Tan! ¡Tan! Abrid, hijos míos, que soy vuestra madre.

Los cabritos gritaron:

- Enséñanos primero la pata.

El lobo levanto la pata y cuando vieron que era blanca, como la de su madre, abrieron la puerta.

Al ver al lobo corrieron a esconderse, mur asustados. pero el lobo, era más fuerte, se abalanzó sobre ellos y se los fue tragando a todos de un bocado, A todos, menos al mas chiquitín que se metió en la caja del reloj y no lo encontró.

Cuando la cabra llego a casa vio la puerta abierta. Entró y todas las cosas estaban revueltas y tiradas por el suelo. Empezó a llamar a sus hijos y a buscarlos, pero no los encontró por ninguna parte.

De pronto salió el chiquitín de su escondite y le contó a su madre que el lobo había engañado a sus hermanos y se los había comido.

La cabra cogió unas tijeras, hilo y aguja, y salió de la cada llorando. El cabrito chiquitín la seguía.

Cuando llegaron al prado vieron al lobo tumbado a la orilla del río. Estaba dormido y roncaba. La cabra se acercó despacio y vio que tenía la barriga muy abultada. Saco las tijeras y se la abrió de arriba a abajo. Los cabritos salieron saltando.

En seguida, la cabra cogió piedras y volvió a llenar la barriga del lobo. Después la cosió con la aguja y el hilo.

Y cogiendo a sus hijos marchó a casa con ellos, muy de prisa, para llegar antes de que se despertase el lobo.

Cuando el lobo se despertó tenia mucha sed y se levantó para beber agua. Pero las piedras le pesaban tanto que rodó y, cayéndose al río, se ahogó.

(colección de los cuentos de los Hermanos Grimm)


































Cuento 5: El zar y la camisa

CUENTO 5 El zar y la camisa Érase una vez un zar que estaba muy enfermo. Un día anunció a sus súbditos: –¡Daré la mitad ...